Vera Camacho Valdez

Maestro Tlacaelel Aarón Rivera Núñez

Desde hace algunas décadas el interés por la conservación de la biodiversidad ha ido en aumento, por lo que proliferan organismos no gubernamentales, agencias, convenios y acuerdos internacionales en materia de protección ambiental. Una de estas iniciativas ha sido la creación de Áreas Naturales Protegidas (ANP).

De acuerdo con la lista del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA o UNEP, por sus siglas en inglés), creada en 2014, hoy día existen en el mundo 209,000 ANP, las cuales cubren un área total de 32.8 millones de km2 aunque de éstas únicamente 29% de las superficies decretadas han sido evaluadas en términos de su eficacia y, hasta el momento, no se cuenta con un indicador global que mida la equidad en el manejo de ellas. Es decir, en más de la mitad de estas zonas desconocemos si los objetivos de su conformación se han cumplido satisfactoriamente. De hecho, la creación de áreas protegidas ha provocado la exclusión de futuras opciones de uso de la tierra, lo cual tiene implicaciones tanto para el ingreso económico como para asegurar los medios de vida, la salud y el bienestar físico-psicológico de las comunidades locales.

Además —como comenta el etnoecólogo Víctor Toledo—, en general, los criterios aplicados para decretar las ANP han sido, principalmente, biológicos, lo cual ha provocado que la conservación de la biodiversidad sea vista única y exclusivamente a través de la creación de reductos naturales, sin tomar en cuenta a los miembros de las comunidades locales que los habitan. El tratamiento meramente biológico de la conservación de la biodiversidad, conocido como el paradigma proteccionista, busca y exige la conservación completa y total de la biodiversidad, de tal manera que las ANP deben mantenerse por encima de los intereses de las poblaciones locales, lo cual genera innumerables conflictos en varias de estas áreas.

Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca, Michoacán

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